MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ GONZÁLEZ
Economista
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 ENSAYO 120916

Era una noche de mediados de Septiembre, y las fechas marcaban que el verano estaba punto de finalizar, pero aún así hacía un calor como no se recordaba en años.

Él, sentado en el sofá de su casa, inmerso en pleno estado de apatía, meditaba sobre el triste transcurso de su vida.
Una vida de esfuerzo por hacer sentir orgullosos de él a los que le rodeaban, por procurar el bienestar y la seguridad de todos ellos...

37 años en los que sentía que no había descansado, que siempre había ido por encima de lo que el físico y la mente le permitían. 37 años en los que veía cómo la gente que le rodeaba, con menos esfuerzo pero con más sencillez a la hora de encarar la vida, habían conseguido disfrutar mucho más de ella, habían conseguido juntar más de esos pequeños momentos, que con el tiempo se recuerdan con cariño, como pequeños tesoros que, día tras día, han conseguido llenar el cofre de la vida.

Era una noche para hacer balance: ¿realmente compensaba tanto esfuerzo?
Y visto de otra forma, ¿los buenos momentos, le compensaban vivir?

Él sabía que no podía irse así como así, pero sí sabía que con 37 años estaba cansado de esta vida, y a veces se imaginaba que quizá podía caer enfermo, y podía imaginarse en la cama del hospital, con sus familiares y amigos poniendo cara de pena mientras se aguantaban las lágrimas en la habitación, y con un nudo en la garganta al salir al pasillo.
Seguramente pensarían y dirían que la vida es injusta, que una persona tan joven, sin vicios, que se ha esforzado tanto, y que tiene dos niños pequeños no debe morir... pero lo que nadie se imaginaría es que él, estirado en la cama del hospital, estaría pensando que le hubiera gustado ver crecer a sus hijos, pero también en cierta forma se sentiría aliviado, porque quizá esa sería la única forma de poner freno a toda esa locura y empezar a descansar de una vez por todas, y podría hacerlo hasta la eternidad más infinita.

Pero la realidad es que estaba sentado en el sofá de su casa, sudando por el calor y la humedad que hacía, y pensando en los últimos nueve meses.
Porque durante ese periodo en el había estado con ella, la vida sí había valido la pena. Porque con ella podía estar poco tiempo, pero ese poco tiempo era mucho más del que nunca había disfrutado.
Con ella se olvidaba de todo. Se concentraba en ella, en sus ojos, en sus labios, en su sonrisa, y su instinto redireccionaba toda su fuerza a cuidarla, a mimarla, a hacerle el amor...

No es sólo que le gustara, aunque era una belleza. No es sólo que se lo pasara bien, aunque era muy divertida. No es sólo que estuviera enamorado, aunque ella lo pintara todo de color de rosa. Ella había conseguido que él pensara que vivir era algo maravilloso a pesar de todo el esfuerzo, de las noches sin dormir, del cuidar de la gente...

Pero era una noche para reflexionar, porque el final se veía ya demasiado cerca.
Pensaba en que no volvería a ver esa sonrisa de Ángel, ni acariciaría nunca más esa piel de terciopelo, ni podría mirar esa mirada tan profunda...

Que curiosa la vida. Ella le veía a él como una estrella inalcanzable, mientras que él sentía que la tenía. Y ella prefería no tenerle, y es entonces cuando él sentía que ya no la tenía.
La echaba de menos, y pensaba que ya no podía hacer nada más. Estaba vacío de amor, de caricias, de besos... se los había dado todos, y era feliz por ello,
Pero ya no la tenía.

Era una noche gris. Era una noche para reflexionar.